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Psicología de Omar

¿Afecto hacia los hijos o rechazo? Ese es el dilema

Afecto hacia los hijos

Una de las funciones esenciales de la familia es la de proveer afecto a sus miembros. Uso la palabra proveer intencionalmente, porque de alguna manera, la cantidad de afecto hacia los hijos que reciben los niños, no solo de parte los padres sino de todos los miembros de su familia, determina su capacidad para brindar afecto en el resto de su vida.

Significado de afecto

Existen varios significados de afecto. La Real Academia de la Lengua Española reconoce como uno de ellos: “cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio, etc., y especialmente el amor o el cariño”. Cuando en el presente artículo hablamos de afecto de mamá y papá a sus hijos, nos referimos solo al amor y al cariño que sienten por ello, dejando fuera otras emociones o sentimientos y diferenciándolo de la
sobreprotección o el mimo excesivo.

Inicio del vínculo afectivo mamá y bebé

La relación afectiva del niño con su madre está garantizada desde antes del nacimiento. El bebé se forma y crece, durante 9 meses, dentro del vientre materno. La madre lo siente, siente incluso sus movimientos y él a su vez recibe ya en la vida intrauterina información afectiva a través de los cambios químicos que se operan en el cuerpo de la madre, consecuente de sus emociones.

Una vez que el bebé nace la relación con su madre sigue siendo simbiótica. De ella recibe alimento, protección, estimulación y afecto. La satisfacción de todas las necesidades del niño, al menos durante el primer año de vida, dependen por completo de la madre, lo cual que genera una relación afectiva vigorosa que incluso compensa su deficiente comprensión del mundo. En mi consulta, cuando el niño no entiende lo que se está hablando, mira a los ojos de la madre y de ellos recibe la información necesaria para llorar o estar tranquilo.

Expectativa de los padres

Es casi fisiológico el cariño entre madre e hijo. Sin embargo, la psiquis humana puede complicarlo todo. También incluso antes del nacimiento, ya existe una expectativa en la madre de lo que espera que sea su hijo. Esta expectativa, que inicialmente no pasa de ser sobre el sexo que tendrá, en pocos meses y sobre todo durante el primer año de vida, aun cuando, muchas veces no es explicita, puede llegar incluso al detalle de lo que se espera conductualmente en cada situación por la que atraviese el niño en los próximos años.

Las expectativas de los padres lógicamente comienzan a moldear la futura personalidad a través de la educación. Estas, garantizan el traspaso de la herencia social de la familia, sus costumbres, su concepción del mundo, sus motivaciones y valores, sus tradiciones y sus modos de hacer.

Lo que la familia espera de los niños, no necesariamente está enlazado al afecto y no debe estarlo. El niño puede o no cumplir las expectativas que sobre él gravitan. El grado o nivel en que las cumpla o no, no debe ser nunca condicionante para recibir afecto. El afecto no debe nunca estar en venta, no es moneda de cambio, no debe ser un premio por ser como como los demás esperan. El afecto debe ser incondicional. Sin embargo, no siempre funciona de esa manera.

El cumplimiento de las expectativas que tengan los padres por sus hijos no debe condicionar el afecto que recibe el niño. El afecto debe ser incondicional. Clic para tuitear

Con frecuencia las expectativas de los padres cobran demasiada fuerza o valor y laceran el afecto a los hijos, tal vez no a criterio del adulto, pero sí muy probable a los ojos del niño. Cuando un adulto exige al niño con frecuencia que no sea como es, que no haga lo que hace o como lo hace, que no diga lo que dice; el adulto sabe perfectamente lo que no le gusta del niño, pero eso que no le gusta, es propio del niño. No le gusta cómo se comporta el niño, y el niño se comporta como es. Lo que genera un sentimiento complejo.

Aceptar y querer a los hijos como son

Quieres que tu hijo se comporte diferente, quieres que tu hijo sea diferente. ¡Cuidado! querer un hijo diferente es querer otro niño, no al hijo que se tiene y aun cuando usted crea que no es así, el niño puede percibirlo y de hecho lo percibe. Visto desde el niño: “si no me quieren como soy, quieren a otro y por tanto no es a mí a quien quieren. No me quieren a mí”.

Es en extremo difícil que una madre o un padre acepte que rechaza a su hijo, y que se lo digan, es para muchos una de las peores ofensas imaginables. Sin embargo, con cuánta frecuencia no aceptamos la conducta y la forma de nuestros hijos. Cuando no aceptamos a nuestros hijos tal y como son, sencillamente, los estamos rechazando.

Recientemente, en una primera consulta, una mamá desesperada no hacía más que lamentarse y quejarse de la conducta de su niño varón de 8 años. Tras media hora de escucha, le dije: voy a hacerle dos preguntas, la primera: ¿Usted quiere a su hijo? Su reacción fue de sorpresa, respondió casi sin pensar: ¡Claro doctor, como no voy a quererlo, él es mi niño! Su seguridad en la respuesta fue incuestionable. Segunda pregunta: ¿Su hijo sabe que usted lo quiere? Demoró unos segundos en responder. Su seguridad no fue tan evidente esta vez.

De nada vale sentir afecto si no se es capaz de darlo, de nada vale creer que damos cariño, si quien lo debe recibir no lo siente. Poco provechoso resulta el afecto que recibe un niño, si al poco rato, recibe rechazo de la misma persona. Lo bueno hay que repetirlo para que se mantenga, lo malo basta con una vez. Las flores hay que regarlas todos los días, la hierba no. Una sola vez que alguien te demuestre que no te quiere, hecha por tierra el cariño que te ha dado en años.

De nada vale creer que damos afecto, si quien lo debe recibir no lo siente Clic para tuitear

Para dar afecto no solo hay que decirlo, decirlo no es suficiente, el afecto se trasmite sin necesidad de palabras. El niño se siente querido por el trato, el roce, la forma en que lo miran, las atenciones que tienen con ellos. Los adultos igualmente pueden identificar cuando alguien los admira lo aceptan y lo quieren, así como perciben con bastante claridad cuando los sentimientos son contrarios, puede que te digan que te quieren, pero no es suficiente si sientes que en realidad no te aceptan.

Los psicólogos en su estudio de la psiquis humana la han partido en disímiles pedazos para su análisis, pero la psiquis es un todo único, un fenómeno monolítico en indivisible. Cuando no se acepta una actitud, un rasgo, una conducta, un sentimiento de alguien, tal vez usted pueda separar ese aspecto del resto de la persona, pero ¿cómo lo interpreta el portador del elemento no aceptado? Rara vez logrará aislar el elemento no aceptado. Generalmente, aun mediando explicaciones, lo vivenciará como un rechazo a su persona toda. Si es un niño con mayor razón, al no contar con la experiencia y la capacidad de abstracción suficientes.

En aparente contradicción, dar amor a un niño implica decirlo, de manera clara, comprensible y directa. El niño necesita escuchar que lo quieren. Decirlo cuando todo está bien, cuando cumple las expectativas de los adultos, cuando su conducta es la esperada, es relativamente fácil. A pesar de eso, a los seres humanos que por lo general con tanto agrado recibimos un “te quiero” sincero o un “te amo”, nos cuesta mucho trabajo decirlo, incluso en ocasiones se muestra cierto temor a decirlo, por la creencia de que eso nos puede hacer menos fuertes y más vulnerables.

Por otro lado, cuando las cosas no marchan bien, las expresiones de cariño y afecto desaparecen totalmente y ceden su espacio a disgustos expresados, críticas, regaños y comparaciones desventajosas. Si nos referimos a otro tipo de relaciones esto es más fácil de comprender. En las relaciones de amistad o de pareja está muy claro que cuando una persona no está con la otra en las buenas y en las malas pone en entre dicho el cariño y el afecto que le profesa.

Una sola vez que alguien te demuestre que no te quiere, hecha por tierra el cariño que te ha dado en años. Clic para tuitear

Mientras más adversa es la situación en que una persona se encuentre más necesita la compresión, el apoyo, y el afecto de los suyos. Pero podría interpretarse, a tenor de lo que comúnmente ocurre, que esta ley general de las relaciones humanas no aplica en el caso de los niños.

Consideraciones para los padres sobre el afecto hacia los hijos y el rechazo

El afecto hacia los hijos

  • El afecto es sinónimo de una buena relación con los hijos. Nunca es excesivo, es el necesario abono para el desarrollo personal y de los mejores sentimientos, y para nada debe conducir o justificar la sobreprotección o el mimo en exceso.
  • El afecto cuando es real y sincero es incondicional, no tienen que ganárselo, no hay que merecerlo, no necesita justificación. A los hijos no se quiere por como son, sino por lo que son, nuestros hijos.
  • No hay que temer al afecto que ofrecemos, nunca hace daño, en ninguna condición. Al igual que el rechazo, se vivencia no vinculado a un aspecto de lo que somos, sino a lo que somos como un todo, el afecto no se vivencia como dirigido a una característica aislada sino a la persona toda que la porta.
  • Dar afecto no significa renunciar a la educación de los hijos, no contradice el uso de los métodos educativos adecuados (ver artículo), por el contario, facilita su empleo.

El rechazo a los hijos

  • El rechazo es menos raro e infrecuente de lo que nos imaginamos, actúa solapado socialmente como método educativo, pero es perfectamente perceptible por los niños.
  • Genera sentimientos negativos en el niño: inseguridad, temores, aislamiento, sentimientos de culpa, puede infundir ira, incomprensión y desamparo.
  • Frecuentemente es sutil pero no poco maligno, cuando se intercala con afecto puede desarrollar sentimientos ambivalentes, genera inseguridad, temores, aislamiento, sentimientos de culpa, puede infundir ira, incomprensión y desamparo.

Controlar sus emociones

Los padres pueden sentirse molestos, incómodos o preocupados, y no son pocas las ocasiones en que sobran razones para ello. Pero deben tener control de sus emociones. A un padre sin autocontrol no debería permitírsele que sancionase a su hijo por igual razón.

El rechazo duro y puro, radical y total, de los padres a los hijos, no es la única forma de rechazo, es poco frecuente y de más fácil condena. Aun cuando se quiera a los hijos no se es invulnerable a expresar rechazo hacia ellos y no hacerlo implica un control consiente de nuestras reacciones para preservar a los niños de sus nocivos efectos.

Para terminar, le pido que se detenga hoy unos minutos y analice como es su relación con su hijo y hágase usted mismo las preguntas que le hice a la madre en la consulta. ¿Quiere usted a su hijo? ¿Su hijo sabe que usted lo quiere? Y agrego dos más ¿Habrá tenido él dudas de ese cariño? ¿Habrá dado usted razón, alguna vez, para la duda? Aunque no pretendo quecuente intimidades lo invito a comentar sobre este tema en la sección de comentarios.

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